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Es lo normal cuando vienen visitas a casa. Llevarlos a Sevilla y presumir de ciudad. A pesar del calor, que hoy, gracias a un muy bienvenido vientecillo, nos ha respetado bastante.
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Hemos llevado a los primos de Luis a ver la Plaza de América, la Plaza de España, la Maestranza, el barrio de Santa Cruz y la Catedral.
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Y hemos subido a la
Giralda. En pleno mes de julio, a mediodía, con un par... Hemos subido los cuatro. Ellos (incluído Luis, que ya no se ha podido escaquear más) se han estrenado. Para mí, según creo recordar, es mi tercera vez (y me temo que no será la última, porque algunas de mis sobrinas están al acecho...).
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He ido todo el camino hasta Sevilla diciéndoles en el coche que no se iban a cansar de subir escalones y creían que les estaba vacilando... Luego han visto, con sorpresa, que lo que les decía era cierto. La Giralda no tiene escaleras. Bueno, casi. Tiene 34 empinadas y numeradas rampas, lo suficientemente anchas como para permitir que el encargado de llamar a la oración pudiera subir por ellas montado a caballo. El tramo final (lo que debió ser una última rampa) sí es de escalones aunque sólo son 17. Pecata minuta pero, ¡cómo pesan unos pocos escalones cuando llevas semejante "subidón" en tus piernas!
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Os dejo la foto de una de las rampas. Creedme, cuando llevas 10 ya vas resoplando y contando... ¡como si con eso fueras a avanzar más rápido!
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Y mejor no cuento la bajada...
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